GLORIA MACHER

La bella adormecida

 

Su vientre dócil y generoso se extendía sobre el continente africano. Las piernas infinitamente abiertas, recorrían, por el Este, el Océano Índico, y al Oeste, el Atlántico, reuniéndose en el Pacífico, atormentado y furioso. Su corazón grandioso retumbaba sobre el suelo Europeo por donde salían dos inmensos brazos envolviendo las costas violentadas del continente norteamericano y el mar siberiano en un abrazo desesperado. Su cuerpo cubierto de buganvilias y gardenias, coloridas, risueñas, se estremecía cuando la protección cálida del sol penetraba sus hermosas piernas varicosas, cansadas de tanto caminar por el mundo, y su espina dorsal, machucada de tanto doblarse para recoger los cuerpos perdidos y mutilados en guerras sin juicio ni razón. Moviéndose al vaivén de las olas y girando al ritmo de los astros, se sujetaba a la tierra tenazmente para no perderse y evaporarse en el olvido del espacio sideral.

 

Algunas veces sus lágrimas se juntaban con las aguas de los océanos, lagos y ríos, revolviéndolos agitadamente, creando maremotos y hambrientos tsunamis capaces de terminar con la danza endiablada del poder y la ambición destructora. Otras veces, su canto envolvía la tierra de alegría incitando a todos a sonreír y ser felices. Su infinita compasión cubría las barreras geográficas, impuestas por los humanos, de esperanza infinita y gusto para continuar siempre a su lado y disfrutar de sus encantos.

 

La mayoría del tiempo se encontraba durmiendo, por lo que mucho la llamaban la bella adormecida. De vez en cuando, un bando de hormigas trabajadoras y alacranes luminosos le daban la vuelta con el propósito de que se levantara, pero, muchas veces, ésta sonreía ligeramente, abría sus fastuosos e intensos ojos para volver a cerrarlos. De boca arriba, las gardenias y buganvilias rápidamente la cubrían dejando entrever las cicatrices de su abdomen machucado y senos agotados de parir tantas criaturas desjuiciadas y atormentadas. Las golondrinas se encargaban de saciar su sed y buscarle granos para alimentarla pero ésta parecía, más y más, querer dormir profundamente, sin destino, ni tiempo definido, en la quietud de esta nada que parecía envolverla perpetuamente.

 

Las gaviotas dieron a conocer su escondrijo a unos pescadores, carcomidos por la sal del mar despojado de habitantes, del golfo de Aden, quienes apresuradamente montaron en sus embarcaciones, mal acabadas, para hablarle, la única capaz de darles la formula misteriosa para hacer comer a la progenitura. Al verla demolida, se sentaron al lado de ella para admirarla y fantasear sobre riquezas y mundos dorados al par con su belleza. Algunos intentaron quitarle unas gardenias que florecían en su brazo, siempre infinitamente estirado, para darse cuenta que éstas desaparecían, dejando en su lugar llagas con sangre. La dejaron tranquila y se fueron cabizbajos y tristes al ver que la bella no se despertaba, habían perdido el tiempo creyendo en mejores mundos, sólo les quedaba continuar en el que destruían sin parar, perpetuando el terror a golpe de fusiles AK-47 y lanzagranadas en las aguas decapitadas y ultrajadas de una costa continuamente olvidada y masacrada.

 

Varias veces aparecían dos viejos viajeros, dirigidos por el canto de los pájaros que volaban encima de la bella adormecida y las golondrinas que la alimentaban, muy cansados y amargados. Uno tenía un kaffiyyeh y el otro un kiphá. Habían venido desde tierras muy lejanas, cubiertas de arena y miel, cruzando por valles abruptos y colinas rojas, sin hablarse ni mirarse, aunque parecían conocerse como hermanos. Al ver la bella profundamente adormecida, se sintieron completamente gastados e impotentes, sin poder seguir los consejos del ruiseñor que les indicaba muy claramente, con su canto agudo, que para despertarla de repente sería mejor que cantaran juntos una canción. Prefirieron darse la vuelta y regresar cada uno de su lado, por el mismo camino, uno cargando un lustroso M75, el otro un IMI Galil, lamentándose de haber estado tan cerca pero sin conocer los misterios guardados en tanta belleza. Arrancaron unas gardenias de su vientre para verlas desaparecer súbitamente y horrorizados vieron cómo su vientre se convertía en una masa irreconocible de sangre. Echándose mutuamente la culpa del delito, corrieron apresuradamente lamentándose de haber perdido tanto tiempo, tener que haber aguantado viajar juntos para nada, no veían la hora de regresar a sus respectivas casas para nunca más verse, para vivir, como siempre, escondidos eternamente en el odio del otro.

 

La caravana de viajeros de proveniencias miles, continuaba eternamente, del oeste al este, del sur al norte, cruzando valles, montañas, campos, mares, océanos, en Antonovs en An-225, en CVNs-65, en Us-440, en MCs-36, llevando banderas, bandas musicales, orquestando una sinfonía belicosa y ruidosa, para despertar a la bella adormecida. Se peleaban por las gardenias, buganvilias, robaban los granos, se insultaban, humillaban, creaban mil y unas situaciones concluyendo en gritos, agresiones para terminar regresándose más frustrados y perturbados que cuando salieron de sus casas. Como un muñeco de ventrílocuos, la cambiaban de posición, la hacían hablar, hasta reír y bailar cuando no quería. La fastidiaban.

 

Un día descubrieron que la bella se había abandonado perpetuamente a la tranquila soledad del olvido, boca abajo, abierta de par en par, con el cuerpo infinitamente extendido sobre la tierra seca, árida. Unos decidían juntarse en manadas para debatir la mejor manera de despertarla, otros se peleaban para llegar lo más cerca posible a ella, ciertos se encomendaban a los dioses, algunos estudiaban la mejor manera de construir un mecanismo para levantarla, hasta unos pensaron en cortarla en pedazos para clonarla y remplazarla.

 

En cada gesto, perdía una flor. Cada flor robada, ultrajada y violada dejaba en su cuerpo llagas ensangrentadas que carcomían su belleza. Las golondrinas ya no conseguían hacerla comer, las hormigas y alacranes no conseguían moverla. No había nada que hacer. La bella sólo quería dormir.

 

La bella adormecida ya ni se esforzaba a abrazar ni sujetarse a la tierra. Dormía placiblemente en ella, esperando que las buganvilias y gardenias crecieran para montar hacía los cielos, agarrarse de los astros y separarse de la Tierra. Estaba cansada. Sólo quería dormir. Para siempre. Lejos de ahí.

 

La paz, ya no quería nada con los humanos.

 

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Página puesta al día por  José Antonio Giménez Micó  el 1 de enero de 2018
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